¿Hacia dónde va el mundo?, según Morin

¿Hacia dónde va el mundo? es el título del libro de Edgar Morin (filósofo y sociólogo francés) publicado en el 2007, que mi hija de 21 años insistió que leyera. Morin es conocido como el inventor el «pensamiento complejo«. Si alguien está pensando qué leer próximamente, se lo recomiendo.DSC_0241-1

Por cierto, a partir de ahora estaré más atento a lo que leen y preocupa a esos jóvenes que tenemos tan estigmatizados.

Tras leerlo casi de un tirón, ha conseguido elevarme y abstraerme de los aspectos «coyunturales» (en estos momentos) como la dificultad de formar gobierno en España,  la tensión territorial en el Estado, la bajada de la bolsa o incluso la crisis de la inmigración en Europa. Me ha hecho pensar que «nos la estamos jugando» como humanidad y no somos conscientes de ello.

Especialmente interesantes me han parecido algunas ideas sobre el tiempo y la historia, el desarrollo y la innovación, la felicidad y los estados-nación.

Al principio del libro nos hace ver que el pasado está construido a partir del presente, y que por lo tanto «seleccionamos» lo que a nuestro juicio es «histórico«, es decir lo que lo que en el pasado se ha desarrollado para producir el presente (y «descartamos» otras múltiples cosas que pasaron).

Otra idea muy interesante es que la evolución es deriva, desviación y es también ruptura, perturbaciones, crisis. Sin ellas no se avanza y curiosamente luchamos cada día para mantenernos estables y «tranquilos». La crisis no es lo contrario al desarrollo, sino su forma misma.

Aspectos como la polución, subproducto de la industrialización, puede convertirse en sí en su producto principal. Otro ejemplo: las ventajas de la reducción de la mortalidad infantil nos está conduciendo a un crecimiento demográfico excesivo en el planeta.

Por otra parte, el porvenir pertenece más a lo improbable que a lo probable. Un futurólogo venido de fuera de nuestra galaxia hace miles de años ¿habría previsto la dominación de nuestro mundo por pequeños mamíferos desarmados en el momento del imperio de los dinosaurios en la tierra?. Y ¿qué predicen ahora los futurólogos sobre el mañana? ¿Acertarán?

Sobre la felicidad, Morin también participa de la idea de que el bienestar de unos produce la incomodidad y el malestar de otros, y lo que es peor, que la búsqueda de elementos materiales y de dinero produce el encierro en los hogares (atomización de los individuos). Incluso los pocos privilegiados propietarios cada vez son menos felices. No somos ahora más felices en el mundo desarrollado que lo que eran nuestros antepasados, ni lo que pueden ser ahora las tribus amazónicas con pocos contactos con nuestra civilización.

La civilización no es más que una delgada película en la superficie social y metal de todos nosotros. Hay mucho más por abajo. Y eso asusta, en cierta manera.

Morin plantea que hasta el descubrimiento de América en nuestro planeta había muchas historias, variadas, diferentes, asincrónicas. A partir de ahí avanzamos hace un tiempo común que sincroniza los diferentes tiempos. El planeta se ha contemplado a sí mismo, todo. Se ha visto desde la luna. Ahora podemos tener una conciencia planetaria, de humanidad. Así pues, esto acaba de empezar, estamos en la prehistoria del espíritu humano, de la organización social. El autor plantea que cómo no vamos a tener capacidad de autorganizarlos unas centenares de naciones y algunos miles de millones de homo sapiens, si por ejemplo lo hacen treinta mil millones de células que constituyen un cuerpo humano.

Morin plantea una imagen muy crítica de los estados nación, que denomina «mostruos paranoides» y que ven a sus residentes como sospechosos y  a su vecino como enemigo a priori.  No reconocen nínguna ley superior a su voluntad bárbara. De ahí viene la principal amenaza sobre la humanidad (destrucción total) y sobre los individuos (alienación totalitaria). Lamentablemente seguimos profundizando en ese paradigma y nadie lo cuestiona. El progreso no vendrá de Occidente (aunque algunos estemos empeñados en ello), ni del Tercer Mundo, ni los países emergentes… vendrá de la planetarización de la humanidad. No vendrá de niguna parte y de todas (de lo femenino, de lo masculino, de lo joven, de lo viejo…).

En la parte final del libro trata de dar con las claves del verdadero problema: a pesar de las evidencias comentadas, cada uno, en su aquí y ahora, se siente lejos de la humanidad, noción abstracta que se diluye en el allende y el porvenir.

La guerra (en sus múltiples formas) es la solución que más emplean los estados nación en la actualidad y no está dando buenos resultados. En los últimos tiempos está en crisis. No solventa nada.

Morin plantea que debería existir una emergencia vital que supere a las naciones. Habla de que solución pasa por escenarios en que se pare la violencia, y no hay otra forma que abrir un nuevo bucle de arrepentimiento y perdón, que debe incorporarse y superar el de venganza y odio, que predomina en este momento. Es la conciencia de la destrucción mutua que puede llevar a construir el metacontrol de los «monstruos paranoides» de los estados. Esa conciencia general y genérica de la humanidad no se construye delegando su fe en el partido o en el estado portador de la verdad histórica.

Termina con unos párrafos poéticos y esperanzadores que nadie debería dejar de leer en estos tiempos de políticas algo simplistas y cortoplacistas, en el que compara la acción política con el proceso de la fecundación, donde se producen miles de intentos, de ensayos, errores y donde muchos -la mayoría-, fracasan; pero alguno (excepcionalmente) fecunda, y genera… esa maravillosa creación que es la vida.

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